Enrique Coll: escribir donde el amor pierde la compostura

Hay una filosofía clara en Deberías suicidarte conmigo: la literatura no está para maquillar la vida, se presenta para meter los dedos donde duele, donde todavía hay deseo, risa, culpa, resentimiento o una ternura mal aprendida. Este libro deja desnudarse a los personajes, literal y emocionalmente, hasta que el lector entiende algo incómodo: nadie es tan limpio como cree.

El subtítulo anuncia “14 relatos de humor negro, amor y otras fatalidades”, pero esa definición se queda corta. La verdadera unidad no está en sus temas, se halla en la mirada del autor. Coll escribe desde una sospecha permanente: detrás de cada gesto noble se halla una forma de egoísmo; detrás de cada deseo aguarda una herida antigua; detrás de cada escena cotidiana espera una pequeña catástrofe. Sus relatos parecen decir que lo humano no se revela en los grandes discursos.

En ese sentido, el libro no es una colección de cuentos. Funciona como una exploración de la conducta humana cuando pierde el barniz. El amor, en estas páginas, no aparece como refugio seguro. Aparece como archivo, deuda, amenaza, vicio, necesidad, recuerdo, castigo, espectáculo, salvación incompleta. En La colmena de amor y letras, por ejemplo, el amor se conserva en vitrinas, bajo la vigilancia de Don Armando, un personaje condenado a cuidar las historias sentimentales de otros. La imagen es hermosa, pero también cruel. Porque quien custodia el amor ajeno queda excluido de la experiencia que protege. Allí está una de las ideas más fuertes: amar no siempre significa poseer; a veces es quedarse mirando desde afuera, con las manos llenas de una belleza que no nos pertenece.

Los sentimientos

Enrique parece desconfiar del sentimentalismo, y esto le hace bien a su literatura. Cuando se acerca a una escena emotiva, mete una fisura. Cuando el tono amenaza con volverse solemne, aparece el humor negro. Cuando el deseo podría escribirse como celebración, aparece la torpeza, la vergüenza o la violencia íntima. No hay complacencia. El autor no se arrodilla ante el amor. Le quita la ropa bonita. Quiere saber qué queda cuando se apagan las frases correctas.

Por eso el humor negro no es un adorno. Es una herramienta de conocimiento. En relatos como El polvo del difunto, la muerte deja de ser un espacio sagrado para convertirse en una escena de venganza. Una viuda, unas cenizas, unas amantes, una frase final cargada de veneno: Coll toma el ritual funerario y lo arrastra hacia el terreno de lo grotesco. El resultado no es burla vacía. Es una forma de justicia literaria. La risa aparece porque la escena revela algo que todos entienden y pocos dirían en voz alta: incluso la muerte puede llegar tarde para borrar una humillación.

Esa es una de las virtudes del autor: sabe que la risa es una forma de violencia. Sus cuentos nos hacen reír para incomodar. El lector se ríe y enseguida se pregunta si tenía derecho a hacerlo. Allí está el filo. Coll no practica un humor amable. Usa uno que muerde.

Otra línea profunda es la relación entre deseo y relato. Muchos personajes desean: inventan narraciones alrededor de su deseo. En Dominio público, un hombre observa a una desconocida en una parada de autobús y empieza a fabricarle una vida. La convierte en posibilidad, en historia, en promesa. Ese mecanismo es muy literario: el personaje hace con la mujer lo mismo que hace un escritor con una imagen inicial. La mira, la completa, la exagera, la vuelve destino. Pero la realidad interrumpe. La fantasía se cae. Coll parece recordarnos que escribir es eso: construir una ilusión sabiendo que cualquier detalle puede romperla.

En La virginidad no se promete, la escritura trabaja desde otro lugar: la infancia como laboratorio del deseo adulto. Katherine y Robert no son presentados como personajes románticos tradicionales, se ven como dos fuerzas que se deforman desde temprano. El orden de ella, el desorden de él, el muñeco tuerto, el calcetín, la bola de sentimientos, los pisos 3 y 4: todo compone una arquitectura emocional muy precisa. Coll entiende que las relaciones se van formando por acumulación de gestos, invasiones, silencios, costumbres, pequeñas escenas que después regresan convertidas en destino. Lo que de niños parece juego, de adultos puede ser deuda. Lo que parece complicidad, años después puede mostrar su costado posesivo.

La frase que da título al libro, “Deberías suicidarte conmigo”, concentra buena parte de esta filosofía narrativa. Es una frase brutal porque lleva al extremo una idea venenosa del amor: creer que el otro debe acompañarnos incluso en nuestra destrucción. Allí el amor deja de ser vínculo y se vuelve apropiación. El personaje no quiere morir solo, pero tampoco sabe acompañar. Quiere convertir su vacío en un pacto. La respuesta de Katherine, el personaje, rompe esa lógica con una lucidez feroz: hay soledades tan profundas que ni siquiera la compañía logra hacerlas compartidas. Ese momento golpea por lo que revela sobre ciertas formas enfermas de necesitar al otro.

Los espacios

Hay una mirada importante sobre los espacios. La Colmena, el apartamento, la parada del autobús, el funeral, la cuadra, el depósito de bicicletas, la habitación: cada lugar funciona como una presión sobre los personajes. No son escenarios neutros. Son trampas emocionales. En La cuadra ciega, por ejemplo, la vecindad se vuelve una especie de conciencia colectiva. Los vecinos vigilan, recuerdan, sospechan. El deseo no ocurre en privado: ocurre bajo una red de murmullos. La cuadra observa incluso cuando no mira. Ese espacio resume otra intuición del libro: nadie vive completamente a solas; siempre hay una comunidad real o imaginaria lista para convertir la vida ajena en relato.

Deberías suicidarte conmigo tiene calidad literaria porque no se conforma con contar rarezas. Tiene una mirada. Se atreve a mirar el amor sin perfume, la muerte sin solemnidad y el deseo sin absolución. Enrique Coll escribe como quien sabe que toda historia sentimental guarda una zona oscura. Y en vez de taparla, enciende una lámpara justo encima.

Y eso nos encanta.

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