En Días aún no nacidos la vida se abre como una herida que aprende a decir su nombre. Cada poema es un pulso: el inicio de algo que despierta, la belleza de lo que insiste. Aquí habitan amores que dejan sombras, soledades que buscan refugio, cuerpos que recuerdan lo que el alma intenta olvidar y destellos que sobreviven en los rincones más rotos.
Entre madrugadas que se deshacen y silencios que reclaman su sitio, la voz poética recorre la ternura, el desengaño, la pérdida, el cáncer, la esperanza, el agua, el destino y el amor como un territorio sagrado y a veces devastado. Son versos que caminan entre la luz y la ruina, que tocan lo humano con una honestidad feroz y, aun así, levantan pequeñas resurrecciones en cada página.
Este transforma el pasado. No intenta explicar el dolor: lo nombra para que respire. Y revela, con claridad conmovedora, que los días que aún no han nacido guardan dentro de sí el rumor de un nuevo comienzo.