Kyan Kulina aprendió hace tiempo que encariñarse con alguien es una mala idea.
A sus veintitrés años vive solo, entrena hasta el agotamiento y trabaja como guardaespaldas para Tony, un narcotraficante cuya ambición parece no tener límites. Bajo una máscara de calavera y armado hasta los dientes, Kyan cumple órdenes, participa en negocios que es mejor no cuestionar y mata cuando es necesario. No se considera una buena persona ni pretende serlo. Todo lo que hace tiene un propósito: conseguir suficiente dinero para ayudar a la familia que tuvo que abandonar el país y, algún día, reunirse con ella.
Entonces aparece Venecia.
Pelirroja, insolente, impredecible y tan poco dispuesta a soportar su arrogancia como él a tolerar la de ella. Lo que comienza como un juego de provocaciones termina convirtiéndose en algo que Kyan no sabe manejar. Con Venecia descubre montañas, noches bajo las estrellas, lugares abandonados y una intimidad que no se parece en nada a las relaciones vacías a las que estaba acostumbrado.
Y eso lo aterroriza más que cualquier arma.
Porque cuanto más espacio ocupa ella en su vida, más difícil resulta mantener separados los dos mundos que ha construido: el hombre que desea proteger a quienes ama y la calavera capaz de disparar sin remordimientos.
Mientras Tony prepara una guerra para extender su territorio y viejas alianzas comienzan a romperse, Kyan descubre que las personas que lo rodean guardan tantos secretos como él. Su familia, Venecia, sus compañeros y hasta los hombres para los que trabaja parecen esconder piezas de una realidad mucho más compleja de lo que imaginaba.
Kyan siempre creyó que podía controlar hasta dónde involucrarse, cuándo marcharse y qué estaba dispuesto a perder.
Pero el mayor error de los seres humanos es creer que siempre tienen el control de la situación.